martes, 8 de febrero de 2011

de publicaciones y algo más

Hay días en que me gustaría pertenecer a otra época, con la ilusión de que todo sería mejor o al menos diferente. Cifrarme en un tiempo en el cual fuera inmune a todo aquello que me indigna y tener templanza ante la mentira, la injusticia, el abuso y la violencia.

Hay quienes cultivan el engaño como si fuera la única forma de sobrevivir o como si estuvieran subyugados a una causa común y eso justificara todo lo demás. Las más de las veces es uno mismo quien se engaña de una u otra manera para no lidiar con todo a la vez, en el mejor de los casos. Pero con lo años descubro que, en realidad, algunas personas piensan que con mentiras son capaces de lograr lo que desean y se sienten justificadas de manipular e incluso perjudicar por la simple satisfacción de los caprichos de su infantil vanidad.

Hace poco me topé con un artículo, en realidad nada en particular, una redacción muy incómoda y surtido de lugares comunes. Al percatarme de que estaba escrito por dos personas me interesé un poco más, pues cómo era posible lograr tan poco trabajando en conjunto, por no mencionar que muchas de las ideas vertidas eran tomadas de otras personas, incluso de manera casual y luego puestas ahí con doble autoría como si hubieran brotado de su propia inspiración; lo cual, más allá de todo juicio ético, es sin duda una muestra de muy mal gusto. No pude evitar notar que también había ciertas peculiaridades en la forma en presentar la información curricular, con pretensión de ser otros de quienes son sin necesidad de mentir; lamentablemente, conozco a estas personas y esto me hizo tener una visión más crítica.

Para mi sorpresa, días más tarde me topé con una nota periodística en donde se exaltaba dicho artículo y se llamaba a los autores expertos. En este punto ya fue muy divertido... e inspiró estas letras, pues tal gesto recayó en lo ridículo. Y constaté cuán relativo y falaz es el ámbito de lo público, en especial, cuando de medios de comunicación se trata.

Extraño el tiempo en que los expertos eran expertos y las letras les eran dotadas a quienes contaban con un talento propio. Hoy en día, cualquier idea es tomada por buena, cualquiera puede mal escribir las ideas que no le es dado pensar y además llevarse el crédito por ello.

¿Por qué me importa esto? Ciertamente no por estas personas, cuya ética indescifrable me impide tratar de comprenderlos. Me importa porque siento que soy sumamente ingenua al haber estudiado, al seguir exigiéndole a mi cuerpo más de lo que puede dar para concluir un doctorado que sólo para mí tiene algún valor; al final del día, el mundo es de los impostores. De quienes se proyectan como si fueran otros de los que son. De quienes hacen trampa, de quienes pasan por encima del saber sin esforzarse por comprenderlo. Es triste... tanto esfuerzo para nada.

Ahora sé que el mundo no va a cambiar porque son las personas que lo construyen quienes no están dispuestas a renunciar a lo más vil de su humanidad, prefieren cultivar envidias y frustraciones en aras de "llegar a ser alguien", de "triunfar", de "tener éxito". Ante estos "contrincantes", vale la pena perder todas las batallas y retornar a la esencia de tu ser sin permitir que te coluda la tan errónea voluntad de poder.

Quisiera empezar de cero, así podría estar hoy en otro lugar y sin tener que enfrentar realidades que nada tienen que ver con quien elegí ser. Es decir, no quisiera tener que saber lo que ahora sé de las personas, de lo que son capaces, de cuánto hieren sus ambiciones, de cómo cultivan poder sin importar nada más a su alrededor y de toda la hipocresía que cubre estas motivaciones. Porque ahora que lo constato, me es tan difícil fingir el más mínimo gesto de espontaneidad en los espacios en los que fui honestamente feliz y a los cuales me entregué ingenuamente.

En fin, creo que no vale la pena desanimarse, afortunadamente cada uno de nosotros tiene la posibilidad de darse a sí su propia norma y de vivir de acuerdo con sus principios. Más vale ser un pesimista que un optimista mal informado. Quizá deba explorar dentro mío otras formas de ser para expresarme en espacios más cálidos, en los que el amor vaya más allá de todo.

También es triste que cuando uno publica algo, siempre hay un punto en que la corrección de estilo te roba la frase precisa y pierdes total autoridad sobre lo que era tuyo y quisiste compartir como propio, me he acostumbrado a que muchas veces dichas correcciones mejoran la comunicación entre tú y los lectores, pero la última vez hubo un gran descuido y aquello que fue una simple corrección se convirtió en una frase sin sentido, sin sujeto ni predicado y yo me pregunto ¿acaso los correctores de estilo no releen los textos que corrigen? Un amigo que a esto se dedica, en cambio, dice que somos los autores los que no comprendemos que gracias a ellos lo que nosotros hacemos cobra su verdadero valor. Yo me inclino por un punto medio y, confieso, aún me duele ver mis letras publicadas y ver roto todo el valor de mi esfuerzo por un descuido de quien no va a poner su nombre en su mal dicho. 

Una vez me pasó con unas comillas que citaban textualmente una frase de un currículum público en el texto de una reseña de vida de un aquitecto sobre quien hice un artículo (se las quitaron sin más, lo cual fue vergonzoso para mí), así como quien era responsable de la edición, con descuido, no me solicitó el título para esta presentación curricular que me fue pedida de último momento, y con las prisas del cierre opacó su obra y su nombre con una expresión que nada decía de quien era realmente la persona que se trató de retratar. Siento que esto puso en duda mi trabajo, nunca más supe de este arquitecto ni si le gustó el artículo, lo cierto es que no me volvieron a llamar de la revista para publicación alguna, aunque miento: me llamaron para un anuncio comercial de toldos... el cual (por mucho que me esforcé) no creo haya satisfecho en nada a los clientes... (y en este caso reconozco mis limitaciones) en fin, no sé porqué me extendí tanto. Quizá por aquello de que estoy venciendo mis temores a escribir, que en realidad son temores a mí misma.

No puedo culpar a nadie de mi proceso de aprendizaje, pero sí me gustaría exhortar a los editores y correctores a establecer una relación de respeto frente a las letras que siendo de otra persona le son ecomendadas, pues pueden cometer graves errores sin tener que dar la cara. Finalmente, es el autor quien pone su nombre y quien no teme exponer su talento y sus ideas. También por esto las dobles autorías son de mi total desconfianza, pues uno de los dos autores no participa y toma el crédito, o ambos pueden dejar el peso del fracaso de la publicación en el otro, o uno de los dos se cobija en el renombre del otro para darse a conocer a manera de un vil trampolín. No se diga de los artículos científicos en los que se incluyen veinte nombres para dos cuartillas de contenido, cuando en realidad estamos hablando de reportes de investigación, en cuyo caso son los resultados lo que importa comunicar sin llegar a ser en realidad un artículo, en sentido estricto; por lo que es justo incluir los nombres de todos los involucrados en reconocimiento a su participación.

Escribir es algo importante y es un mérito en sí mismo. Esto no excluye la posibilidad de textos extraordinarios en conjunto en los que realmente dos cabezas pensaron mejor que una e incluso encontraron un punto de diálogo que acompañó todo el relato. También se pueden lograr grandes letras entre más de dos personas, en esta misma lógica. Estas autorías en pares son las de mi predilección, las que son efectivamente el reflejo de ideas debatidas y compartidas, cuya redacción no se contaminó por la lucha de autoridad sobre el texto y se basó en la capacidad de escucha creativa de todas sus partes. Lo cual ocurre tan rara vez, que yo lo considero un milagro.

Sin más, les compartiré un artículo en su versión original, antes de pasar el hacha de la norma estilística, porque quizá no lo consideren realmente bueno, pero será de lo dicho por mí de lo que tendrán una legítima mala opinión y creo que eso es lo que cuenta.


Y tú ... ¿escribes o corriges?


Cuando la voluntad se enferma

“Esto es, sin duda, lo que prometió el Profeta al decir: ‘Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el corazón del hombre imaginó lo que Dios tiene reservado a los que le aman’. Todo esto es un aspecto de la locura que no se extingue al pasar de esta vida a la otra, sino que se perfecciona. A quienes les es concedido experimentar estos sentimientos –que son muy pocos-, les comunica cierta semejanza con los dementes, porque se expresan con cierta incoherencia y no a la manera de los demás hombres, sino que hablan sin ton ni son y cambian a cada instante la expresión de su rostro. Ora alegres, ora tristes, ora lloran, ora ríen, ora suspiran, en suma, están verdaderamente fuera de sí. Y cuando de pronto recobran el sentido, no saben decir dónde estuvieron, si en su cuerpo o fuera de su cuerpo, despiertos o dormidos, ni qué oyeron, qué vieron, qué dijeron, qué hicieron; no lo recuerdan más que a través de nubes, o como un sueño; pero se creen tan felices mientras permanecen en sus éxtasis, que deploran volver de ellos, y por esto no hay nada que más deseen que enloquecer perpetuamente de este género de locura. Y ello a pesar de que sólo es un débil adelanto de la felicidad futura.” [Erasmo (1974) Elogio de la locura, Editorial Bruguera, Barcelona (p.268).]

A lo largo de la historia, mujeres y hombres han desconocido aspectos cruciales de su naturaleza y del mundo que los rodea, a pesar de que su mundo es diseñado por ellas y ellos, en tanto construcción histórica y cultural.

Con el paso del tiempo, uno de los aprendizajes fundamentales ha sido la conceptualización de las enfermedades en concordancia con parámetros determinados de normalidad. Los cuales se modifican a través de las épocas, con menos arbitrariedad, a medida que como especie vamos comprendiendo mejor el funcionamiento de nuestro cuerpo. Es decir, la concepción de la salud y de la enfermedad no ha permanecido intacta a lo largo de los siglos. Son conceptos que se revolucionan y cambian, conforme el conocimiento establece nuevas normas para interpretar nuestro ser orgánico y perfecciona los senderos de la cura. De lo cual hemos aprendido que la salud y la enfermedad sólo pueden comprenderse a partir de una idea que construimos de la normalidad. De quien se apega a la norma, decimos que está sano; de quien presenta síntomas que están fuera de la norma, decimos que está enfermo. Sin subestimar que hay un parámetro mucho más objetivo y concreto para hacer esta distinción y que, quizá, no tiene que ver con la norma pero sí con el equilibrio particular de cada ser humano, a saber, la experiencia del dolor. Cuando enfermamos, en la mayoría de los casos, sentimos alguna forma de dolor o malestar que interrumpe, en mayor o menor medida, nuestra rutina vital.

El camino de la especialización de las ciencias médicas, hasta constituirse en una característica definitiva de la cultura moderna, ha sido largo y complejo. Hoy en día, hemos aprendido a ser más prudentes (precavidos y precautorios) ante los riesgos de nuestra incomprensión o incompleta interpretación de los hallazgos que la ciencia va sistematizando como conocimiento, muchas veces, siguiendo un principio de aproximación, mediante un método de prueba y error. Precisamente, porque en el pasado lo que se pensó como la causa de una enfermedad fue cambiando, lo que parecía saludable resultó ser perjudicial, y algunos tratamientos que prometían ser sumamente exitosos se tornaron en lo contrario, al corroborarse consecuencias severas asociados a ellos.

De esta manera, a medida que el saber de la vida humana y de la medicina se desarrolla, cambian nuestros hábitos, se transforman nuestros ámbitos de convivencia y resignificamos nuestra “normalidad”.

El caso de la locura, y el vano intento por acotarla, es un ejemplo de esta conceptualización del saber médico en su búsqueda por la cura y la preservación de la vida, aunada a la procuración de una vida digna.

Por ejemplo, Platón, en Fedro [Platón (1992) Fedro en Diálogos III Fedón, Banquete, Fedro, Gredos, Madrid.], distingue más de un tipo de locura, entre los que destacaré los siguientes:

1. Aquella “que sirve para proyectarnos hacia el futuro” o el arte de la adivinación y el oráculo, de la cual afirma que “tanto más bello es, según el testimonio de los antiguos, la manía que la sensatez, pues una nos la envían los dioses, y la otra es cosa de hombres”. Refiriéndose, incluso, a delirios y demencia. (Platón, 1992;342)

2. Otro “grado de locura y de posesión viene de las Musas, cuando se hacen con un alma tierna e impecable, despertándola y alentándola hacia cantos y toda clase de poesía, que al ensalzar mil hechos de los antiguos, educa a los que han de venir. Aquel, pues que sin la locura de las musas acude a las puertas de la poesía, persuadido de que por arte, va a hacerse un verdadero poeta, lo será imperfecto, y la obra que sea capaz de crear, estando en su sano juicio, quedará eclipsada por la de los inspirados y posesos.” (Platón, 1992;342)

3. “… aquella que se da cuando alguien contempla la belleza de este mundo, y, recordando la verdadera, le salen alas y, así alado, le entran deseos de alzar el vuelo, y no lográndolo, mira hacia arriba como si fuera un pájaro, olvidado de las [las cosas] de aquí abajo, y dando ocasión a que se le tenga por loco. Así que, de todas las formas de‘entusiasmo’“estar en lo divino” “estar poseído por alguna divinidad” (notas del traductor), es ésta la mejor de las mejores, tanto para el que la tiene, como para el que con ella se comunica; y al partícipe de esta manía[“locura” “delirio” (notas del traductor)], al amante de los bellos, se le llama enamorado.” (Platón, 1992;352)

Habrá quienes compartan, o no, estos “elogios a la locura”, en donde quizá la licencia de la ignorancia se mezcla con el entusiasmo de lo bellamente posible. O quizá, otrora con más modestia la manía tenía un lugar de creatividad y plena realización que nuestro modo de vida moderno, contemporáneo (e incluso postmoderno) ha arrebatado de nuestro imaginario social.

Para fines de este ensayo, aceptaremos que el cerebro se enferma y que cuando esto pasa la persona “enloquece” y se ve impedida para ejercer su voluntad. Sin por ello renunciar a la posibilidad de un delirio amoroso, de la poesía y del feliz rapto místico.

Una forma en que, en la actualidad, se conceptualiza la experiencia de la voluntad enferma se finca en el territorio de los derechos humanos. En específico, me refiero al término: personas con discapacidad. E introduzco la siguiente interrogante: ¿qué tipo de discapacidad tienen las personas cuyo cerebro enferma su voluntad?

Podemos explorar tres respuestas diferentes:

- discapacidad mental

- discapacidad psicosocial

- discapacidad física.

Si atendemos a la causa de la discapacidad, tendremos que admitir que se trata de una discapacidad física, en tanto, una parte importante de los llamados trastornos mentales derivan de una dolencia orgánica del funcionamiento cerebral. Lo cual, al menos en los casos más severos, es incuestionable; de ahí, la necesidad de medicamento farmacológico especializado. Ya que la medicación logra inhibir los síntomas y brindar condiciones favorables para el desarrollo integral, tanto del carácter como de la personalidad, de quienes viven con una condición que limita el funcionamiento adecuado de algunas de sus funciones cerebrales. A menos, que queramos apelar a un esquema dualista de la comprensión del ser humano y confiemos en que hemos sido dotados de una razón, o de una capacidad de raciocinio, que tiene una existencia otra que el cuerpo que somos. En donde, el pensar no está vinculado de modo alguno con nuestro ser orgánico. Lo cual es todavía sumamente aceptable y defendible en el marco de diversas teorías filosóficas, tendencias médicas (psiquiátricas y psicológicas), dogmas religiosos e hipótesis neurocientíficas. Por lo que será más prudente suspender el juicio sobre la solución a esta cuestión. Pero, sin soslayar la complejidad de las enfermedades de la voluntad y sin negar que existe un componente de la voluntad que se considera orgánico y, cuando enferma, la determina con un carácter errático ante circunstancias que la mayoría de las personas (aquellas que diríamos son “normales”) puede afrontar, resolver, vivir y disfrutar sin que les represente un esfuerzo excesivo y sin que les implique un dolor innecesario.

De lo que se deriva que, si atendemos al síntoma discapacitante, tenemos que conceder que quien se enferma de la voluntad es, además de una persona con discapacidad física, una persona con discapacidad mental (algunos la llaman discapacidad psíquica). Esto, en la medida en que, al estar en entredicho la voluntad, algunas funciones de lo que se denomina “mente” o “psique” están interferidas por algún proceso de discontinuidad que impide la integración autónoma de los pensamientos, actos, emociones, decisiones, sentimientos, etc.

Finalmente, si aceptamos lo anterior, observamos que a su vez está en juego una discapacidad psicosocial. Ya que, cuando el cerebro enferma la voluntad, todas las experiencias y vivencias psicosociales se trastocan. Cambia la percepción que se tiene de las cosas y de las personas, cambia la autopercepción de nuestro ser social y de nuestra autoestima, cambia el grado de tolerancia a la frustración y los mecanismos para expresar la ira, por ello, cambia la forma en que nos adaptamos a nuestro ambiente y el tipo de formas y conductas con que nos relacionamos, como si la sensibilidad propia se volviera ajena a las otras sensibilidades y se perdieran espacios esenciales de la vida de la comunidad.

Por ello, se suele inferir, casi sin cuestionamiento alguno, que la discapacidad psicosocial es la condición misma de la enfermedad psiquiátrica, o que es una alternativa para nombrarla con el fin de liberar el estigma y la discriminación. Cuando, en el caso de quienes tienen una enfermedad de la voluntad, la discapacidad psicosocial, en realidad, es la consecuencia de las condiciones previas, o de las discapacidades previas (física y psíquica).

Conforme a este esquema, en materia de discapacidad, debemos tomar en cuenta tres aspectos:

- ¿qué causa la discapacidad?

- ¿cuál es el síntoma discapacitante?

- ¿qué consecuencias para el proyecto de vida tiene la discapacidad?

Esto más allá de lo que se conoce como “discapacidad múltiple”, la cual implicaría, si aceptamos esta distinción, al menos más de una causa, más de un síntoma y/o más de una consecuencia.

Por ejemplo, para una persona sorda, el síntoma discapacitante es que no escucha lo que, generalmente, le impide hablar (y éste es otro síntoma discapacitante). En el primer caso, la causa es alguna anomalía en el funcionamiento orgánico del oído, en el segundo, no necesariamente hay algún problema con su aparato del habla pero el no escuchar sí determina su limitación para hablar, al menos, con cierta fluidez. Al mismo tiempo, su discapacidad auditiva limita a esta persona en otros ámbitos de su vida (como pueden ser sus relaciones personales, el desarrollo de alguna actividad física, las dificultades para integrarse en un grupo social, etc.) y esto puede implicarle algún síntoma psicosocial que con el tiempo le represente una discapacidad psicosocial más seria. De hecho, pensemos en lo que era la vida de una persona sorda antes de que existiera un lenguaje de señas y una comprensión histórica de su condición.

En este ejemplo, se puede hablar de una discapacidad múltiple en tanto la persona no escucha y no habla con fluidez, en cambio, lo que refiere al daño físico en el oído que le impide escuchar respecto de ningún problema en el aparato del habla, implica sólo una discapacidad. Finalmente, las limitaciones en otros ámbitos de su vida, y los síntomas psicosociales implicados, son de otro orden y se derivan de los dos previos, incluso podríamos preguntarnos si existe más de una forma de discapacidad psicosocial. Sin embargo, todo parece indicar que, antes de poder distinguirla como una o múltiple, conviene entenderla en su complejidad.

Bajo este esquema, será difícil disociar las discapacidades físicas de la discapacidad psicosocial y, en realidad, la nota distintiva tendrá que ver con el síntoma discapacitante, en tanto señala la limitación que condiciona la situación de vulnerabilidad en que se encuentran quienes tienen alguna condición de discapacidad.

Sin embargo, en lo que refiere a la salud mental, con el fin de economizar, conservaré la denominación de discapacidad psicosocial que, de suyo, ya nos sugiere varios problemas. Porque en el caso de quienes se enferman de la voluntad, el síntoma discapacitante se diluye con la discapacidad psicosocial. En tanto el síntoma implica en él mismo un componente psicosocial, independiente. Al mismo tiempo que tendríamos que preguntarnos si se puede disociar la discapacidad psicosocial de quien es ciego, por ejemplo, del funcionamiento orgánico de su cerebro.

Una posible solución ante este último dilema nos la puede dar la diferencia que se establece en el diagnóstico de la depresión, cuando se distingue entre la depresión orgánica y la depresión endógena. Es decir, la depresión que obedece a un mal funcionamiento orgánico del cerebro, en tanto su causa; frente a la depresión que obedece a una experiencia causada por factores externos. Porque parece ser que la plasticidad del cerebro da lugar a ambas opciones y esto es un factor que no puede omitirse cuando nos referirnos a quienes enferman de la voluntad.

Ahora bien, qué valor puede agregar esta deconstrucción taxológica de la discapacidad para la protección efectiva de los derechos de las personas con discapacidad. A mi parecer puede ser de mucha ayuda. Ya que podemos distinguir tres ámbitos de protección que involucran tres estrategias complementarias.

En el primer ámbito, el de las causa de la discapacidad, entrarían todas las medidas para garantizar la atención médica. (Por ejemplo, si hay un daño en el oído y en el sistema auditivo, cubrir las necesidades médicas que éste implique, según sea el caso.)

En el segundo ámbito, el de los síntomas discapacitantes, entrarían todas las medidas de accesibilidad universal y condiciones estructurales de socialización sin estigma y sin discriminación. (Por ejemplo, la incorporación de traductores de lenguaje de señas en todos los ámbitos de la comunidad, para garantizar educación y procesos equitativos de desarrollo, mejor aún, enseñar este lenguaje a toda la población.)

En el tercer ámbito, entraría lo que tiene que ver con reinserción social y atención psicosocial comunitaria, para las personas con discapacidad, para sus familiares y amigos y para la población en general, inclusive. (Redes de apoyo y campañas de difusión para lograr la interiorización de esta condición entre toda la población con el fin de tomar conciencia, no discriminar a personas con discapacidad auditiva y convivir en igualdad de libertades)

En el caso de quien tiene alguna enfermedad de la voluntad, brevemente, podemos decir que en el primer plano está el tratamiento con medicamentos especializados y toda la atención médica, integral y multidisciplinaria, que se requiera; el segundo tiene que ver con las condiciones que esta persona necesita para proteger los ámbitos de su voluntad y su bienestar, por un lado mecanismos legales, por otro, generar condiciones estructurales para que en los espacios comunes se contemple la convivencia con sus necesidades como parte de las necesidades del grupo; y el tercero se ocuparía de la forma en que la sociedad logra dar comprensión y, nuevamente, interiorizar la situación de estas personas, para que se desarrollen dignamente a lo largo de su vida sin que su condición sea un impedimento para que tengan la vida productiva que pueden tener de acuerdo con sus limitaciones, sin estigma para ellas ni para sus familiares y amigos.

En este esquema, el énfasis ya no está en qué tipo de discapacidad tiene cada quien, lo cual sigue mirando hacia el carácter de exclusión de la diferencia. Por el contrario, el énfasis lo colocamos en qué tipos de necesidades tenemos a partir de nuestras discapacidades. Una mirada que implica soluciones paradigmáticas para no tener que conformarnos con ofrecer medidas paliativas o de excepción, que no logran generar una cultura en donde la exclusión no tenga cabida.

Desde esta perspectiva, incluso el término “discapacidad” guarda resonancias poco dignas. Quizá es más justo hablar de “limitaciones”, ya que es un territorio en el cual convergemos todas y todos los seres humanos por igual. Y trazar a partir de aquí un mundo en donde la diferencia sea la norma. La salud incluya también parámetros atípicos. Y la locura retorne a su cuna de dicha y amor.

2 comentarios:

francisca dijo...

Mi querida Mariana, justo hoy leia, una vez mas, un articulo escrito por Carlos Monsivais en el 2007, sobre periodismo y escritura. Al leerte me ha hecho mas sentido. Te dejo el enlace> http://www.medios.org.ar/?p=84
Me gusta leerte.
Besos,

F.

... dijo...

Gracias mi querida Panchis :) :) :) muchos besos, Mariana.