domingo, 31 de mayo de 2020

48...

... años no cumplidos.



Hay almas cuya ausencia nunca es definitiva. La amistad, que una vez enlazó nuestras vidas con quienes hemos amado, no termina al alzar el vuelo. El misterio de la muerte conjuga la presencia y la ausencia. Y en días como hoy... recordamos los bailes, los abrazos, el buen ánimo y toda la comprensión. Para alzar las copas a tu salud.

Esta es la historia de un amigo que hoy no puede acompañar sus propios festejos. La historia de una tortuga hecha de miel. Con cuya dulzura a todos reconfortó. Sumó panes. Sumó vino. Hizo nacer sonrisas. Y nos heredó una familia ampliada que nos comulga en su nombre. 

Y es entonces... cuando el caparazón de la tortuga mágica recuerda que los caminos, que trazan las hendiduras de su piel, fueron desdibujándose como caminos de miel. Que todo aquello que nos arrebata una pieza de nuestro corazón deja en su lugar una resurrección. El nuevo nacimiento de una silueta para nuestra alma. Nos reconstituimos. Nos recreamos gracias a los pedazos que perdemos... precisamente... porque fueron tales pedazos los que nos convirtieron en la persona que somos.

A veces la miel y la magia se visitan, a la luz de la luna... bajo el canto del sol. Para abrazarse y recordar que siguen siendo uno. Que el antes y el después que trazó su historia no fue en vano. Como dos estrellas fugaces en el cielo, sus destinos se volvieron otros sin dejar de brillar al unísono. Y es así como en la memoria: lo ausente se hace siempre presente.

Quienes seguimos en este camino, encontramos el mayor consuelo en el mirar al cielo y sentir el brillo de las estrellas. En el latir del momento fugaz en que vibramos con su destello. Y nos dejamos estremecer por la certeza de todo aquello que es definitivo. A la espera de un nuevo sol.

Otras veces, ya no existe otro sol. Y si bien habrá otros cielos, todos tendrán una sola luz. La luz que logramos encender siguiendo el dulce sonido de nuestro corazón. Nuestra luz propia. Aquel reflejo de todos los sueños que, conjugados, tomaron una sola forma. La silueta del amor verdadero. El antes y el después entre todo lo irrepetible y todo lo destinado a ser. El camino en que los senderos no volverán a abrirse. Y en el cual, sin importar la travesía, ya no hay más puertos que encontrar. 


Y tú... ¿llenas tu luna de miel?


Feliz cumpleaños Peli...
¡Gracias!
Feliz domingo
lleno de magia
y miel de tortuga.





viernes, 29 de mayo de 2020

el futuro...

... se dibuja.




Con ternura y fuego. Se despierta en nuestros corazones una afinidad nueva. Suave. Y se acumulan los años... atados a la cintura de cada vuelta del sol.

Y todo se va quedando quieto... a medida que nos movemos más aceleradamente. Estamos dentro, en casa, abrazados de nuestro ser interior; a la vez, cada día más ocupados. Retomando aquello que nos ocupa. Construyendo un  nuevo ritmo de vida.

Los días avanzan y se van destejiendo las vivencias e ideas que nos habitan. Cada uno encuentra dentro suyo nuevas razones y caminos para habitar una nueva forma de vivir. A la espera de un futuro que se antoja colmado de colores nuevos. Colores propios de cada quien. Todos empezamos a descubrir nuevas formas de amar.

Crece un nuevo sentido de la celebración. Desdibujamos nuestros rostros a través de nuestro propio espejo. Maravillándonos por la cercanía de una distancia, hoy, impenetrable. Brindamos por poder conservarnos sin olvidar que, cuando llegue el tiempo de salir y recomenzar, todo será mejor...

Mientras tanto... cada quien encuentra una razón para ser feliz: cada día al despertar.


Y tú... ¿descubriste ya las razones de tu nueva felicidad?



Feliz día
de los 47 años...
amigas y siempre
mágicas tortugas.






sábado, 23 de mayo de 2020

un poco...

... de amor.




Parece que a todos nos es ajeno el curso exacto que va tomando la emergencia sanitaria en la que nos encontramos. Cifras van y vienen... estadísticas... medidas de confinamiento... etapas de desconfinamiento... semáforos y colores... curvas que suben, bajan y se enroscan. Cada quien, desde su intimidad se habita... y deshabita el imaginario colectivo tratando de encontrar una salida: una forma de entretenimiento, un compás, un hacer, un quehacer. Un acercarse. Parece lejano el día en que volvamos a abrazarnos. Más lejano parece llegar a sentir que, de algún modo, tomamos control para atender la situación en mejores condiciones para quienes se han contagiado, quienes atraviesan cuadros de gravedad, quienes fallecen. De la mano del personal sanitario que se juega a sí mismo al frente de la trinchera. Junto con el dolor que ahora nos hermana. Y tendría que ser la prioridad de los líderes (y no tan líderes) del mundo acrecentar esfuerzos y sumar soluciones. Conmoverse con más conciencia de la enorme responsabilidad que hoy tienen en sus manos. Nada los excusa de cualquier distracción a la cual se entreguen para compensar la frustración de sentirse fatigados e incluso asustados. Nada los exime. Es tiempo de tender puentes. Abrir puertas. Usar todos los recursos disponibles. Postergar los caprichos. Dialogar. Acrecentarnos. Sin disputa alguna. Y recemos porque la ciencia médica encuentre el camino de regreso a nuestra vida común. Y que Dios nos prive de vivir atados al riesgo del contagio. Para recuperar nuestros territorios con júbilo.

Pero bueno... demos un descanso a nuestra propia angustia. Entreguémonos un poquito al amor. Dediquemos un pequeño espacio a nuestra pasión. 


¡Quién puede saber
cuáles son
las certezas del amor!
Si hubiese
forma de sentir
con exactitud
si realmente 
es amor...
me apegaría
a los latidos de mi corazón.

Pero, entonces, preguntarían...
¿y si no basta? 
¿si acaso
algo confundiese
tu alma?
¿Si hubiese alguna
suerte de espejo
que engañase
tus sentidos?

Y yo simplemente... diría:
es mejor sucumbir
ante
un falso espejo
que dejar escapar
el aliento
de su voz.
Ese compás
que hace temblar
mi pulso
y me regala... al oído
la certeza del amor.

Finalmente...
la única manera
de saberlo
es asomarse 
a esa sombra
que nos llama
y descubrir
a contraluz
el color de su piel.

El amor brilla
ahí 
en donde
la oscuridad
se hace más profunda.

Amamos lo oculto
porque sentimos su luz
amamos su brillo
por el dolor que oculta.

Y nace
el conjuro
de la dicha
en un beso.
La melodía
del sol
en un par de ojos
que se despiertan
cómplices.
El vaivén
de una ola
al bailar
y juntos amar.
Sin llanto.


Y tú... ¿te estremeces a contraluz?



Gracias
queridas y mágicas
tortugas!!
Feliz día.





el territorio...

... de la pobreza.



Nuestro dolor más grande como humanidad se recrudece y se vuelve evidente en su verdadera dimensión y gravedad a la luz de la pandemia mundial. Recordar lo humanos que somos. En tanto tales: frágiles. Despierta la empatía hacia lo otro... el ambiente (el entorno común y la naturaleza)... hacia el otro... igual a mí. La incertidumbre ante la muerte, ante nuestras certezas económicas, laborales y financieras hace temblar nuestro cimiento. Nuestros pequeños rincones de seguridad en donde todo tenía un curso normal. En donde cualquier cuestionamiento a nuestra forma de vida no iba más allá de la posibilidad de hacernos preguntas morales o colmarnos de ideales. Siempre con cierta resignación ante la imposibilidad de ver cambios profundos en nuestro estado de ser, en el estado de las cosas. Con cierta indiferencia. Con estremecimiento. Con violencia. Con miedo e inseguridad. Dentro o fuera de la ley. Inconformes. Pero complacientes. Y en el lado más dramático: quienes sin tener nada, ahora, lo han perdido todo.

Tenemos un problema de antaño. La desigualdad. Misma que muchas veces se traduce en pobreza extrema y miseria. El riesgo hoy es que, en vez de desiguales, seamos todos carentes. Carentes de salud... carentes de alimentación ... carentes de bienes de consumo... de oportunidades para construir un proyecto de vida solvente y sustentable... de certezas para crecer como seres humanos y desarrollarnos. Carentes de un espacio común en el cual todos podamos respirar. Carentes de biodiversidad biológica. De mares y ríos. De selvas y bosques. Carentes de vida... de vida humana.

Y tenemos un dato que no podemos subestimar bajo ningún esquema de solución posible: somos iguales precisamente porque somos diferentes. No hay un individuo idéntico a otro. Todos somos igualmente humanos... justamente: porque ser humanos es contar con un identidad irrepetible. Ahí, nuestra condición libre. De otro modo seríamos objetos, máquinas, instrumentos, conceptos vacíos, un número dentro de la sumatoria de cualquier indicador. Una masa sin sustento. Sin voluntad. Porque aparejado a nuestra libertad está el acto voluntario que nos hace capaces de ser autónomos. No hay pobreza más grande que no asumirnos como tales: fuertes. 

La historia de toda comunidad se traza entre el entramado de circunstancias que propicia nuestra fragilidad para sobrevivir y nuestra fuerza para crecer.

El paso del fuego a la máquina es un claro ejemplo de todo lo que somos capaces de construir para sobrevivir. Y en este crecer lo que se expande es nuestra libertad y con ella, o gracias a ello, nuestra toma de conciencia de las consecuencias de nuestros actos de vida para subsistir. Ha sido gracias a distintas formas de enajenación que hemos podido fundar y refundar nuestras instituciones vitales. Siempre a través de la mediación del esfuerzo por ponernos de acuerdo: en tanto voluntades dispares e independientes. Con más o menos violencia. Sumando tales voluntades en distintas formas de reunión y agrupación. Bajo también innumerables códigos. Con excesivos sometimientos. Bajo los cuales siempre ha privado la desigualdad social. Las jerarquías. Distintivos de status y estratos heterogéneos: interconectados por distintas claves de control y autocontrol social. Bajo el orden de la ley. Ésta también se ha trasformado a través de la historia. Comprendida hoy como la aspiración más grande de pertenencia e igualdad. 

Estamos en una época en donde ya tomamos conciencia de que ni la violencia ni el sometimiento son las vías para construirnos plenos y con pertenencia a un espacio común. Y, por eso, también cada día duele más que todavía existan resabios de barbarie en nuestros entornos e imaginarios sociales. Que no todos nos encontremos en un mismo proceso de desarrollo y crecimiento. Y tantas personas vivan al margen de la riqueza que hemos sido capaces de construir.

Estoy convencida de que es tiempo de dejar de mirar atrás y buscar culpables de porqué somos quienes somos hoy y vivimos como vivimos hoy. Es tiempo de encontrar soluciones. Ahora que con más ahínco hemos comprendido que algo de cómo vivimos no sirve más para el modo en que merecemos vivir como seres humanos. Y que tampoco podemos arrasar con nuestro ambiente, a nuestro paso... porque ya sobrevivir ha tomado un nuevo significado. En tanto cultura o al menos conceptualmente, es decir, en tanto una suma de deseos a los que aspiramos.

Así que tenemos dos problemas. Por una parte, cómo garantizar que todos los seres humanos del planeta accedan a los bienes de consumo que existen, desde lo más básico (fisiológicamente), lo fundamental (culturalmente) y los lujos (independientemente de la proporción que tales signifiquen en el contexto y circunstancia de cada quien; el lujo es la sofisticación de la cultura... es algo a lo que no podemos renunciar sin renunciar a nosotros mismos, nos es inherente). En donde todo es necesario porque no hay solución económica que pueda ser efectiva si no tomamos en cuenta la diversidad de formas de vida y de valores de cada quien, las distintas culturas, los distintos hábitos, gustos y preferencias. El entorno de condiciones que hacen que seamos vida humana (justa) y no sólo sobrevivencia genética (rapaz). Que seamos felices del modo que cada quien valore aquello que quiere sea parte de su vida cotidiana. En donde se propicie la reconciliación con nuestro fuero interno y nuestra capacidad de crecer moralmente y ser personas éticas (por ende: personas apegadas al estado de derecho). Y se cumplan la suma de anhelos y aspiraciones que le dan sentido a la vida de cada persona. Por otra parte, cómo transitar a este esquema de desigualdades justas a la par que hacemos cambios en la forma en que se sustenta la productividad económica, es decir, sin lastimar más nuestros recursos vitales (la vida humana: libre, autónoma y creativa) sin violentar más los recursos de la naturaleza (que no son nuestros, ante ellos necesitamos protegernos y de ellos necesitamos subsistir).

Cómo acceder a todo lo que producimos (bienes y servicios), sin exclusión. Cómo producir con criterios de equidad y sustentabilidad, sin destruir. Cómo nos convertimos en seres igualmente ricos, en tanto cada quien acumule distintos grados riqueza. Sin rivalidad.

Lo primero, que yo sugiero, es renunciar a tres muy malos hábitos: el sacrificio, el dogma y la segregación. Y a la forma en que tales distorsiones morales corrompen nuestra vida económica.

El sacrificio nos remite a una relación moral con la riqueza en donde se le da un valor a la persona por lo que tiene y no por lo que es, en  donde tener implica una deuda de algún tipo, en donde ser austero e incluso pobre otorga una suerte de dignidad superior, en donde ser rico implica alguna suerte de pecado. La contradicción de todas estas circunstancias nos arrastra a todo tipo de locuras. Porque por un lado valoramos el dinero y por otro lado lo despreciamos, queremos disfrutarlo pero también nos lleva a episodios de culpabilidad. En el medio, se entrelazan un sinnúmero de relaciones humanas que se basan en el chantaje y en el control. Nos señalamos los unos a los otros a partir de la forma en que nos relacionamos con nuestra propia riqueza o pobreza. La lástima. El orgullo. El desdén. La caridad. La soberbia. La falsa sumisión. El hipócrita respeto. El ocultamiento. El exhibicionismo. El complejo de modestia. El juicio, aprobación y desaprobación, entre pares y no tan pares. El aplauso o la condena. Rencores y resentimientos. Quien tiene el dinero es quien tiene derecho a tomar las decisiones. Quien no lo tiene, tiene que aceptar las reglas en desventaja. Y todos necesitamos por igual tales medios para acceder al consumo. Se contamina tal circunstancia por todas las relaciones de poder que se interponen para simplemente vivir. El amor, el afecto, el cariño... se trastocan. Nuestra relación con nosotros mismos se rompe. En el límite: los horrores de todo lo que estamos dispuestos a hacer por obtenerlo. México ejemplo por excelencia. Violencia, inseguridad, criminalidad, corrupción, etc. Aparejado del supra valor de que para contar con él debes ganártelo, merecértelo, trabajar tan duro que puedas disfrutarlo sin culpa alguna. Porque eres bueno. Porque haces lo que es correcto. Entonces mereces tener. De ahí el sacrificio. Si no sufres lo suficiente no lo mereces lo suficiente. Ricos y pobres viven una relación de sublimación total ante la posibilidad de acceder a sus medios de subsistencia. Y el mérito no es vivir, el mérito es renunciar a la vida. Estamos atados. Y las más de las veces es tal culpa... lo que nos impide ser más solidarios. Pero hay que ir más lejos, todavía, en esta reminiscencia ancestral al sacrificio. Debemos también revisar nuestros indicadores económicos y desproveerlos de tales juicios de valor implícitos en ellos, así como, en su impacto en la teoría del valor. Empezando por poner a revisión algunas de las coordenadas que cifran lo que conocemos como "costo de oportunidad" y algunos cimientos de la teoría marginal. Hay que dejar de depositar el peso de la balanza del valor en el límite, en lo ausente, en lo que se pierde, en lo que no se tiene, en lo que se podría llegar a perder, en lo que se podría llegar a tener, en lo que se sacrifica... en lo que se gana a través del sacrificio. A través de la carencia. Conservando su utilidad operativa y práctica, en tanto parámetro.

El dogma, en este caso, yo lo asocio a dos falacias económicas a las cuales nos atamos de manera enajenante o enajenada. Los recursos escasos como condición incuestionable y la imposibilidad de acrecentar la liquidez monetaria dentro de las reglas por nosotros mismos autoimpuestas. 

Nos atamos a ciertas ideas introyectadas en nuestro imaginario cognitivo, teórico y social acerca de las condiciones de posibilidad de nuestras alternativas económicas para producir y administrar la riqueza: los recursos con los que contamos. Y no cuestionamos qué significa que tomemos como punto de partida, para el análisis económico y la decisión en materia de políticas públicas, así como en cálculos de rentabilidad, que los recursos son escasos. Parece obvio. El planeta es finito, nosotros somos finitos, es finita la materia prima, es finito el dinero, son finitos los bienes de consumo, son finitas las condiciones de producción, es finito el ingreso... es finito el gasto, como finitas son las ganancias y las pérdidas, los costos y los beneficios. Tanto en casa, como en el Estado, como en la iniciativa privada, existe una restricción presupuestaria. Establecida por distintas condiciones y variables económicas. Y, ciertamente, necesitamos un parámetro de restricción para modelar cualquier estructura del gasto. Ahora bien, que nosotros acotemos nuestro marco de análisis a un espacio acotado de recursos no significa que, en sí, son así de acotados.  Y, lo más importante, no significa que tengamos siempre que tomar una decisión entre sacar de aquí para poner acá, como si no hubiese otras alternativas, en especial cuando se trata de gastos sustantivos. Creo que en el punto en el cual nos encontramos hoy, hemos ya alcanzado un consenso en que hay gastos que no se pueden postergar ni excluir, ya que el costo es mucho mayor de lo que pudimos imaginar o de lo que podemos llegar a solventar para garantizar nuestra vida. Nunca como hoy es evidente que si no garantizamos un ingreso suficiente, no podremos salir adelante en medio de la crisis económica que ya existe a causa de la pandemia. Así como tampoco situaría la discusión entre si una acción u otra es mejor para enfrentar tal crisis, en estos momentos hay que tomar el cúmulo de acciones en su conjunto para entre todos garantizar nuestra sobrevivencia a corto, mediano y largo plazo. Y, lamentablemente, nuestro país se está quedando atrás en tal encomienda. La oportunidad que se abre ante nuestros ojos es que aprendamos no sólo a garantizar nuestra sobrevivencia: aprendamos a construir una economía para una vida igualmente digna para todos. Como un gran despertar que nos hermane. Y de que nos despojemos de la idea de que medidas asistenciales y clientelares, más allá de una coyuntura de emergencia y paliativa (muy acotada en el tiempo), ayudan a este propósito. Esta no es la solución.

¿Cuál es, entonces, la enajenación a la que me refiero? Estamos viendo la lógica de la naturaleza de nuestra relación con los recursos de manera inversa. No se trata de cuánto tenemos y cuánto vale lo que tenemos para calcular su mejor uso e inversión: y de ahí obtener riqueza y crecimiento. Se trata de cuántos somos y qué necesitamos, como parte del principio de realidad para lo cual tiene sentido la economía. Como punto de partida. No podemos seguir modelándonos a nosotros mismos como un anexo accidental dentro de la toma de decisiones para resolver nuestra sobrevivencia. Debemos comprendernos como parte esencial de los recursos a nuestro alcance. Finitos pero no escasos. La variable población se está subestimando y sólo se está tomando en cuenta como gasto, costo, fuerza de trabajo o parámetro de productividad (... y como índice de pobreza). La pregunta no es cuánto empleo podemos generar dados ciertos recursos escasos. Relativamente acotados, de acuerdo con los parámetros con que se midan. La pregunta es qué tenemos que hacer para generar los empleos que necesitamos para que todos cuenten con una fuente de trabajo. Partiendo del hecho de que cada persona es un insumo, no un instrumento más. La premisa tendría que ser: si es el caso que hay un ser humano, es el caso que hay un empleo. El trabajo es inherente a nosotros mismos. Es parte de nuestra condición vital. No es un accesorio a nuestro ser propio. Es el sentido mismo de nuestra existencia. Estar ocupados en aquello que hemos sido llamados a llevar a cabo es lo que marca rumbo, dirección y disciplina a nuestro quehacer cotidiano. Somos nosotros quienes le damos valor al trabajo, no al revés.

No cuestionamos el plusvalor, los intereses bancarios, los valores bursátiles, la especulación monetaria... porqué sí cuestionamos la posibilidad de que exista un excedente vital (monetario) que se infiere del valor de la vida de cada ser humano. Qué nos lo impide. Somos nosotros quienes hemos inventado todo este sistema de valores, es nuestro. Porqué nos atamos a él como si se tratase de leyes fijas de la naturaleza ante las cuales sucumbimos y nos ahorcamos... La única manera de desatar nuestro sistema económico es agregar valor, agregar recursos con base en nuestra propia vida como parámetro. De tal forma que ningún ser humano quede excluido. Es decir, sólo por el hecho de nacer, existe un incremento en la reserva de riqueza con base en la cual se solvente su desarrollo vital: en cuanto a derechos humanos se refiere. No como redistribución ni como concentración del gasto en el Estado. Pero sí como el respaldo con el cual se ejecute y solvente tal gasto, incluidas la renta básica que debe ser más que básica, la posibilidad de los salarios solidarios, incentivando generación de empleo como ganancia y no como costo. Un dinero que nace, y se respalda, en todas las variables que constituyen una vida plena, una vida digna, sin sacrificio, sin rivalidad, sin exclusión. Ceteris Paribus. Manteniendo todas las demás variables constantes. Garantizando condiciones efectivas de mercado e inhibiendo la inflación. Con regulaciones adecuadas. Disminuyendo peso a la carga fiscal y aumentando, por inercia, la recaudación. Esta más dirigida a gastos de administración e infraestructura, gobernabilidad y garantías del estado de derecho, en especial la seguridad pública. Y toda la inversión en desarrollo humano se asume como auto sustentable sólo por el hecho de ser humanos. Al margen de todos los espacios de libertad y de mercado para acceder a los bienes y servicios básicos, fundamentales y de lujo. Y con tales reservas surgidas de cada persona se respalda todo el costo de servicios que el mercado no puede solventar con márgenes de rentabilidad competitivos. De otro modo, el Estado no puede atajar las fallas del mercado, ya que su presupuesto está limitado a la recaudación, es decir, está limitado a las mismas limitaciones que impiden contar con el excedente necesario para ir más allá del universo monetario en el cual se gestan tales fallas de mercado. O las limitaciones del mismo para invertir, con eficiencia y eficacia, en todo aquello que el Estado está obligado a proveer. Y construir esquemas mixtos de inversión en donde, es obvio, es un imperativo que los convenios y acuerdos se apeguen a la ley y no busquen un provecho que exceda los parámetros estrictamente económicos dentro de los cuales hacer un negocio se vuelve razonable. En este sentido... cualquiera que sea la solución que encontremos... sólo será la ética lo que logre que obtengamos los mejores resultados de ella. 

La segregación, en cambio, apela a una distinción natural de clases o tipos, más o menos valiosos, de seres humanos y/o de formas de vida. Aunado a la falacia naturalista de la racionalidad egoísta (económica) como condición humana. Todavía existe el instinto de distinguirnos por castas. Bajo lo cual justificamos el hecho de que nuestras diferencias se traduzcan en desigualdades injustas. Nos resistimos a comprender que las jerarquías no son sustanciales ni sustantivas. Son de otro orden. Son operativas, prácticas, organizativas, efectivas y eficientes. Sin por ello indicar que de ellas se derive un menor valor o mayor valor para la vida de uno u otro ser humano. Pensar que ciertos trabajos valen menos que otros es un acto de segregación. Lo que vale de todo trabajo es el ser humano que lo realiza. De ahí que haya un mínimo de valor que no puede cuestionarse, pero un mínimo real y en concordancia con el costo de la subsistencia digna. Sin mezquindad. Las diferencias justas que se tejan en el entramado de las leyes del mercado son de otra índole y no deben justificarse nunca bajo la premisa de clase, herencia o cofradía alguna. Y en ese sentido, es justo el esquema progresivo de recaudación de impuestos. En equilibrio con aquello que recibo y aquello que puedo retribuir al espacio común, de acuerdo con mis posibilidades. Romper con la lógica del más fuerte, reminiscencia de la caverna. Es un error reducirnos, y peor aún reducir nuestro trabajo, a una lógica de aniquilación. En donde volverme más competitivo es vencer a otro. Tener un salario es, en consecuencia, evitar que otro tenga un salario. Ser más competitivo es ser mejor en el desempeño de mis labores y eso tiene un precio, un precio de mercado (tomando en cuenta las consideraciones previas ya desarrolladas). Y sí necesitamos mecanismos para que cada quien se ocupe en donde logre ser más competitivo y acceder a una mejor remuneración. Estableciendo también reglas para que no existan brechas injustificadas entre una remuneración y otra. Recordemos: todos somos igualmente humanos, nuestra vida vale sólo por el hecho de ser humanos y somos una medida de valor. Es decir, bajo el principio de que todos cabemos. Porque quien no cabe muere de hambre. Y en el proceso... su vida se deteriora, la sociedad se rompe y la seguridad pública se quebranta. Si modelamos la economía con principios de sobrevivencia rapaz no debe sorprendernos que quienes quedan fuera del sistema no tengan otro camino que una sobrevivencia aún más rapaz. Apostamos a reinstaurar un estado primitivo, de segregación, y estamos sufriendo las consecuencias. Olvidamos que somos un ser capaz de sofisticarse a sí mismo, de construir ciencia, tecnología, cultura y arte. Y que todo esto en su conjunto es la parte más valiosa de nuestra riqueza humana. Y es en esta armonía de la plenitud en donde sí somos capaces de acrecentar el valor de nuestra propia vida de formas inimaginadas y sin necesidad de competir. Sumando. Es entonces cuando el honor a la excelencia y el ejemplo cobran su verdadero sentido. En donde el mérito y el reconocimiento es un festejo colectivo. En donde nos regalamos la posibilidad de admirarnos unos de otros. En tanto diferentes. Ayudarnos unos a otros. En tanto iguales. Ser solidarios. En tanto humanos. 

Y en este contexto, sumando las tres reflexiones, hay dos piezas clave: la educación y la democracia. Que juntas hacen efectivo el estado de derecho.

En conclusión, resulta ser que podemos ser felices sin culpa, todos los países son sumamente ricos y ninguna de nuestras diferencias justifica que nos destruyamos unos a otros para sobrevivir. Y de paso... quizá es tiempo de asumir la deuda como un costo hundido y construir un esquema más realista y humano para que el crédito sea una renta dinámica que se autoabastece a sí misma, una suerte de ahorro anticipado que se multiplica en continua autoregulación para subsistir y ser un medio de subsistencia, recíproco. Sin ataduras, sin sacrifico, sin dogmas y sin segregación. Ese espacio en el cual lo finito y lo infinito se entrelazan y, en vez de someterse, pueden aprender a bailar con alegría y abundancia. 


Y tú... ¿quieres vivir en un mundo nuevo?





Feliz y dichoso
sábado lleno
de magia de tortuga
...





miércoles, 20 de mayo de 2020

la fuerza...

... de las mujeres.




El primer síntoma de nuestra cultura patriarcal, machista y/o misógina... es la negación. Mientras más un ser humano (sea hombre o mujer; sin distinción de su orientación sexual) se niega a reconocer la opresión social que todavía prevalece sobre nosotras, más se recrudece tal opresión. He escuchado un sin número de pretextos y buenas razones para defender el hecho de que no hay tales condiciones de desventaja entre mujeres y hombres. La mayoría de ellas deposita en nosotras la carga de tal desigualdad. Me sigue intrigando en qué se funda el odio ancestral hacia nuestro ser mujer. El oprobio que sigue siendo que seamos libres, fuertes y felices. La pertenencia que las instituciones creen tener sobre nosotras, nuestra vida y nuestros cuerpos. Si bien no comparto combatir la violencia con agresión ni violencia. Creo que es la sobreviviencia lo que a veces nos orilla a posicionarnos con rabia para defender lo que nadie nos puede conceder como una suerte de favor: nuestra igual dignidad.

La dominación hacia las mujeres ha sido una estrategia de orden público durante siglos. Se ha manifestado de diversas formas, envueltas en tradiciones, como una expresión de poder y control sobre la vida de las poblaciones. Y en este contexto, no es menor desdeñar las violencias que enfrentamos. Cuando se señala tal violencia se amenaza con desmantelar todo un entramado de comunicación en el cual nuestra menosvalía sostiene las fallas de carácter de quienes nos acompañan. Dado que no es real tal menosvalía, tampoco es legítimo que nuestros compañeros desdeñen el esfuerzo ético que les exige su propia vida.

Fomentar y envalentonar tales dispositivos, de menosvalía femenina y pereza moral masculina, como forma de comunicación con la población es una suerte de complicidad con tales violencias. Es una forma de corrupción. 

Hay teorías que todavía defienden, en sus nuevas vertientes socio-políticas, este falso paradigma de que el hombre es el eje rector, la disciplina, el orden, la cordura, la moral, el héroe. Y que a las sociedades lastima perder tal supremacía. Incluso se asocian ciertos padecimientos mentales y psicosomáticos a la ausencia de la "autoridad" paterna. La falsa apariencia de que no somos humanos, sino primates, que en tanto homologados necesitamos de un mono alfa para vivir en sociedad, vivir en orden. En el cual todas las menosvalías femeninas sean protegidas y toda pereza moral masculina sea sublimada. Es la base de todo patriarcado. Como si no hubiésemos ya superado tal fase primigenia. Como si no fuéramos mucho más que tales genes compartidos. Simplificando, así, nuestra vida a una falaz natura que, para pesar de nuestro esfuerzo inteligible, es mucho más compleja de lo que nos gustaría admitir. 

Así como, hay mujeres que creen que pueden reivindicar todo aquello que nos fue negado: optando por tal función social rectora... que en ambos casos se traduce en el desdén por la pareja y el despotismo por el otro. No se trata de cambiar un sometimiento por otro. Se trata de seres humanos viviendo en comunidad. Se trata de compañerismo, de mutuo y libre reconocimiento en tanto personas en igual vulnerabilidad ante distintas circunstancias: vitales, humanas, emocionales, sociales, etc. 

Ojalá tuviésemos un laboratorio para experimentar con nosotros mismos y probar lo que somos y no somos. El único espacio de experimentación es nuestra vida misma. Quienes se oponen al feminismo se oponen a escudriñar dentro suyo y erradicar en sí mismos la violencia heredada por nuestras formas de hacer cultura. 

La suma de asociaciones perversas que circundan tales códigos de opresión se fincan en complicidades que corrompen nuestro ser ético.  Y todavía son muchos quienes callan. Y no, no es nuestro ser moral roto la causa de tales abusos. Son tales abusos los que nos rompen a todos. La corrupción no es causa... es consecuencia. Y aplica para otros casos en los que se prefiere reducir problemas complejos a propaganda de mercadeo, por no afrontar que no contamos con verdaderas soluciones. Tal "santificación" de la corrupción, como concepto vacío, a la par de prácticas que se reproducen bajo el mismo formato de corrupción de siempre, junto con la pretensión de aniquilarla por decreto, es sólo un ejemplo más de todo lo que nos están quedando a deber nuestros gobernantes. Y como siempre... reina la impunidad campante. Antítesis de todo acto de corrupción. Si queremos dejar de ser corruptos, lo primero es tomar conciencia de todos los códigos de convivencia que rompen nuestra fuerza interior y nos impiden ser autónomos éticamente. Todo aquello que oprime nuestra capacidad de pensar por nosotros mismos y construir la vida que hemos sido llamados a ser. 

Y ahora que están de moda los conceptos vacíos... hace falta una importante revisión de la tan maltratada palabra "neoliberalismo". Porque si bien, en términos económicos, este modelo no ha sido garantía de una vida libre y justa para todos (y esto es motivo de indignación y solidaridad, cada día más compartida). Tampoco podemos negar sus virtudes... De las que hoy gozamos. El mercado sí revivifica nuestras economías y nos coloca en la posición de construir cada quien por cuenta propia un ámbito vital más autónomo. Desconcentrando el esfuerzo común de tal manera que cada quien pueda sumar el máximo de sus posibilidades al conjunto social. En términos humanos, esta corriente del pensamiento (incluidas las vertientes que le anteceden y dan origen) siempre se ha colocado del lado de quienes se atreven a elegir por sí mismos quién quieren ser en nuestra búsqueda común por la felicidad. Del lado del aprecio por una comunidad en que nadie tema decir lo que realmente piensa. Como toda teoría, está limitada en su conceptualización de la realidad y más limitada aún en su interpretación para poder implementarse en la práctica. Como pasa con otras teorías. No es posible comprender la debilidad del capital, para garantizar una vida digna para todos, sin la lupa de Marx y sin la riqueza de su herencia para construir sistemas más justos de producción, acumulación de la riqueza y estructuras de valor. Pero tampoco es suficiente su esquema de clases para comprender la riqueza humana ni la relación de libertades entre el Estado y la sociedad. Para este último punto me apego siempre más a Hegel. Quien puso el dedo en la llaga de la enajenación (como el lado negativo del conocimiento, hoy diríamos aprendizaje) y en la experiencia del reconocimiento autoconsciente entre dos personas igualmente autoconscientes, como la vivencia que nos permite ser capaces de reconocer nuestro ser libre, libre de toda forma de servidumbre (y de toda necesidad de someter al otro igual a mí). Así, refundar la aparente necesidad que tiene nuestro proceso (psíquico) de crecimiento de someterse a algún falso concepto (momentáneamente), sólo como un momento previo a la síntesis reconciliada de una verdad de la que somos capaces de apropiarnos mediante la reflexión; una vez superada la aparente contradicción de la enajenación que nos limitaba a comprender tal concepto inmerso en la complejidad de la realidad que lo nombra. Ya no como una cosa atada o que nos ata.  Reflexión que, ya de la mano de Freud, con el tiempo se vuelve capaz de incursionar los códigos inconscientes que nos impiden crecer del modo que hemos elegido. Para, entonces, aprender a librarnos de nuestros propios fantasmas y regalarnos la más profunda libertad que un ser humano puede tener. La de trazar su propio destino más allá de cualquier otra circunstancia ante la cual podamos reconocernos vulnerables. 

La violencia es el grito de nuestra conciencia, autoconsciente e inconsciente, por romper con la enajenación con uno mismo y que, cuando fracasa en su anhelo, transfiere todo su dolor al otro... sometiéndolo y oprimiéndolo del modo en que nuestras ataduras nos reprimen e impiden que nuestra conciencia crezca. Y entonces... negamos que exista violencia alguna.


Y tú... ¿sabes que las mujeres y los hombres somos iguales?




Abrazo con
el corazón
lleno.
Gracias mágicas tortugas!






martes, 19 de mayo de 2020

desconcierto...

... ante la realidad.




Entre dos mentes hay siempre... pendiente... un espacio vacío. El lugar en el cual cada quien ve e interpreta aquello que le da sentido a lo que de suyo ya comprende de antemano. Mientras más abierto y vago sea un discurso. O más contradictorio. Más da la sensación de que podemos identificarnos. Porque somos nosotros mismos quienes llenamos tales espacios en blanco. Y en vez de escuchar o dialogar... nos sumergimos en una experiencia de espejo: tautológica y autista. Hay simples palabras que en cada uno de nosotros detonan ideas y, algunas veces, asumimos tales ideas como compartidas, sin necesariamente conocer lo que en realidad piensa quien nos habla. Hay quienes de manera intencional recurren a tal engaño. Otras veces, somos nosotros quienes disfrutamos de tal autoengaño. Y es en este lugar, que divide una persona de otra, en donde se engendran todas las violencias. Pero también, sin engaño alguno, es ahí: en esa pequeña fisura de nuestra mente, en donde puede nacer el amor. En donde podemos comprendernos unos a otros. Lograr un consenso y reconciliarnos entre nosotros. 

Asumimos creencias, a veces sin mucha autonomía: por hábito, crianza, costumbre, información limitada, etc., y en medio de una conversación se nos dificulta comprender que, aun creyendo que pensamos diferente, podemos coincidir. Y es todavía más interesante el hecho de que, cuando menos coincidencias encontramos: más podemos pensar por nosotros mismos y razonar en conjunto con alguien más. Pero lo importante de todo esto es comprender que pensar distinto no es motivo de agresión. No justifica violentarnos nosotros mismos. Menos, lastimar a nuestro interlocutor. Es mejor reír en esos espacios y maravillarnos ante la posibilidad de un otro que puede mirar lo que nosotros nunca hemos descubierto antes. Y aprender a respetarnos con disfrute. No como un límite, ni como un silencio que nos penetra y nos impone guardar para nosotros aquello que nos inquieta y necesitamos expresar y compartir. Regalarnos a nosotros mismos la libertad de ser.

Las ideas fijas, las ideologías, los fanatismos, los prejuicios, los credos y todo lo que asumamos como una verdad inconmovible... sólo nos impide crecer y acercarnos a otro ser humano. Porque todos somos igualmente personas. Tenemos las mismas dudas y temores. Sentimos. Nos conmovemos ante aquello que nos parece correcto. Nos irritamos ante aquello que nos parece injusto. Nos llenamos de ternura. Y somos capaces de amar. De una u otra manera, todos estamos comprometidos con algo en lo que creemos y le da sentido a nuestra vida. Pero que le dé sentido a nuestra vida no quiere decir que la vida de quien no comparte nuestras ideas no tiene sentido. Tiene el mismo sentido y valor que nuestra propia vida. 

Se dice fácil. Pero esto es algo muy difícil. Estamos entrampados en un paradigma que nos obliga a tomar partido y desdeñar al otro como si fuera desechable, sólo por el hecho de no ser lo que yo considero bueno. Vivimos divididos por una serie de difusas ideas acerca de lo que debe ser. Más cuando se trata de temas políticos y sociales. Mientras más lejos está la discusión de nuestro fuero interno, más feroces nos volvemos en torno al cúmulo de calificaciones que estamos dispuestos a ofrecer. Pero vivimos tiempos complejos que nos obligan a recapacitar y rectificar... a enmendar los caminos y aprender a escuchar.

Cuando brindamos nuestra confianza, confiando en nosotros mismos, en nuestro juicio y en la afinidad que logró maravillarnos ante otro ser humano... despertar de tal ensueño nos hiere, lastima nuestro orgullo, trastoca nuestro equilibrio... agota nuestra cordura. Pero el miedo a afrontar lo que de verdad ocurre no debe ser razón para no actuar e impedir que alguien se atreva a robarnos nuestra suerte, nuestro destino y nuestra libertad. Por el contrario, debemos sentirnos más fuertes para confiar en nuestro fuero interno y en la certeza de no volvernos a traicionar. Por eso es tan importante escuchar con cuidado. En especial, el acontecer nacional en nuestro país. En donde lo que parecía la luz de la esperanza resultó ser la oscuridad de la opresión. Vivimos un proceso regresivo. La violencia crece, la militarización sigue vigente, la pobreza no disminuye y los derechos humanos siguen siendo una asignatura pendiente. Y el hecho de que todavía no tengamos todas las respuestas para las soluciones que buscamos como sociedad, en especial en el contexto que vivimos, no significa que debamos conformarnos ni someternos a un orden que de nuevo no tiene nada más que el extraño nuevo palabrerío que sólo ofende al sentido común y al más básico diccionario. Ya basta.

Cada quien votó por su propia utopía. Lo que no alcanzamos a comprender, entonces, fue que quizá cada quien sólo llenó los vacíos de un discurso que, entre saltos y maromas, daba la impresión de que todos cabíamos en él. En contra o a favor. En los hechos vemos que las decisiones y el rumbo de los acontecimientos no hacen más que ser reminiscencias de regímenes fracasados y rancios. Sin ilusión alguna de un futuro posible. Que nuestro sistema de vida actual tenga defectos no quiere decir que volver al pasado es la solución. Menos volver a un imaginario revolucionario romántico de canción. Por mucho que nos enamore la música. Placer compartido por todos. La cerrazón al presente, a la realidad, a la pluralidad de ideas, a la construcción de un nuevo paradigma que sume todo lo bueno (sin desdeñar a ninguna de las corrientes teóricas, sin subestimar ninguna de las experiencias prácticas) y nos encamine a mejores rumbos, con el pretexto de defender los atavismos de todo aquello que ha privado a la humanidad de crecer: el dogma... empieza a ser una estrategia de gobierno cada día más violenta. La historia es historia y descansa en paz en el pasado. Hacer historia es primero reconocer el presente como real y verlo a los ojos como es, no como mis dogmas me han enseñado a juzgarlo y sojuzgarlo. Es aprender a leer la historia desde todas sus aristas, lo bueno, lo malo, lo mejor y el horror que ella siempre entraña. Con la conciencia de que, para bien y para mal, es irrepetible. Por eso se llama historia, si no... sería un guión teatral. 

Y eso es lo que sí me ofende de la confianza que deposité en mi voto. Nos están vendiendo un guión. Al margen del estado de derecho. Es un circo que ya hemos visto en otros países de Latinoamérica. En donde sólo se ha abusado del discurso y de la gente más necesitada para explotarla a cambio de estigmas, estereoptipos e ideología. Sin ver por el verdadero bien estar, bien ser, bien vivir, bien crecer, bien amar... Sin ver por la población. Por el desarrollo humano. Y menos ver por los más necesitados. Los pobres son usados como un instrumento de dominación. Se juega con su vulnerabilidad para llenar las urnas y luego... la prioridad es sólo acumular dinero y poder, así como, desmantelar todo lo que existe y se ha construido, a su paso. Para acumular más poder. Poder de dominación. Todos los días oímos insultos de la boca del primer mandatario. Todos somos sus adversarios. Y a todos golpea sin más. Ya basta.

Si observamos con el corazón todo parece indicar que no podemos continuar así. Es importante que se gobierne con un poco de ética, sentido técnico y profesional. Con un poco de respeto por México. Es tiempo de superar nuestros rencores. Reconocer que México somos todos. Se siente como si nos hubiesen timado una vez más. Como sociedad somos más fuertes y seguimos viviendo en democracia. Seguimos siendo quienes logramos construir una elección histórica. Y seremos quienes decidiremos, de nueva cuenta, con consenso y en paz la forma en que queremos vivir. Nadie tiene derecho a quitarnos eso. Es cierto, hay que corregir. No podemos vivir tanta injusticia y desigualdad social, no podemos seguir abonando tanta inseguridad y violencia. Y por eso, es que no podemos quedarnos callados y permitir que nos timen de tal forma. Que nos discriminen. Que nos odien por pensar diferente. Que no se pueda opinar ni criticar. Abracémonos. Vamos en el mismo barco. Tratemos de comunicarnos. No somos los buenos y los malos. Somos los unos y los otros, aquellos y esos otros más, todos juntos. Tratemos de entender el lugar que ha ocupado cada quien, la vida que ha transitado cada uno. Hermanémonos. Con verdadero respeto. Sólo así podemos construir en conjunto verdaderas soluciones que no se empañen por el color de ideología alguna. Ni por el sesgo de partido alguno. Dejemos de pelear. Aprendamos a dialogar.

Nadie cuestiona la legitimidad de nuestro gobierno, pero las elecciones ya se acabaron. No importa cuántos votos se sumaron, hoy lo que importa es cuáles son los resultados y los beneficios que podamos experimentar a lo largo de este sexenio. Que, como todos los otros sexenios, concluirá. El próximo año de manera natural habrá cambios en los equilibrios políticos, como en toda sana democracia. Y seguiremos adelante como nación. Los que somos, y los que vendrán, conviviendo en comunidad. Actuemos con responsabilidad. Sumemos sin restar. Despertemos. 


Y tú... ¿te arriesgas a cuestionar tus más férreas verdades?


Fuerte abrazo!
Ánimo mis tortugas...
que sí creen
en la humanidad.


viernes, 15 de mayo de 2020

maestría...

... de vida.




Mucho se discute sobre los atributos del saber. Que si el aprendizaje por competencias, que si el conocimiento se construye, que si se trata de capacidades, que si el espíritu de la finesse, que si el espíritu geométrico, que si la técnica, que si la filosofía, que si el talento, que si la vocación, que si el arte... que si la ciencia "neoliberal". La ciencia es ciencia... y es histórica. El saber, con más exactitud: la conciencia del conocimiento, es complejo (y dialéctico). O no es.

Pero, a veces, damos menos atención al oficio... ése hábito que se refleja en el encanto de poder tocar la vida de otro ser humano. De hacer de nuestro quehacer una costumbre de la excelencia. De mejorar cada día hasta lograr el dominio de nuestro propio ser. De mantenernos ecuánimes y generosos. Justos. El compromiso con la vida por el sólo hecho de convertirnos en la persona que decidimos ser. El mantenernos atentos, despiertos... con los ojos abiertos: ante el acontecer del mundo. Ante nosotros mismos. Enlazados con nuestros quereres. Solidarios con nuestros amigos.

En este camino hacia la inteligencia hay hitos que dotan cada paso de una sentencia irrevocable. La primera canción que aprendimos. O la primera vez que escribimos nuestro nombre. Ese baile que nos hizo sentir el ritmo dentro nuestro... como magia. El libro que abrió el horizonte dentro de las fronteras de nuestra alma. Los viajes que volvieron relativo todo aquello que considerábamos como cierto. Todas esas enseñanzas de vida ... que nos comprometen. Que nos vuelven expertos sólo en aquello que hemos llegado a sentir con el corazón.

En donde cada final no es más que un nuevo principio. El pretexto para recomenzar. Con mejores perspectivas hacia el futuro. Y es así como podemos valorar la sucesión de eventos nuestros y no tan nuestros. La alegría de todo lo que brilla y vibra. La anticipación de todo lo que está destinado a ser.

Festejar al alumno que todos llevamos dentro, y a todas aquellas personas que marcaron nuestro destino con su propia maestría y sus enseñanzas, es festejar la vida. A quienes nos enseñaron a pensar por nosotros mismos. E iluminaron nuestras libertades. Quienes se llegaron a convertir en un ejemplo. Y quienes con sus fallos nos hicieron dudar y ver con mucha más claridad la verdad. Porque pocas cosas son más útiles, para el aprendizaje, como la duda y el error.

Cada instante es un pretexto para el amor... el amor a la sabiduría.


Y tú... ¿aprendes con el corazón?




Feliz día de las y los maestros!
Las abrazo con fuerza
mis queridas y mágicas
tortugas...
GRACIAS.