jueves, 9 de marzo de 2017

mujeres...

... y felices somos.


Y ambas circunstancias son motivo de algún tipo de indignación (o resistencia) para quienes, todavía, no han aprendido a reconocer el rostro humano en nosotras. El valor de nuestra esencia: por ser personas iguales en condición. El sentido de nuestra diferencia. El brillo que nos distingue. La pasión que nos motiva. El fuerte carácter de nuestras determinaciones. El aliento de nuestra voz. Las necesidades de nuestra voluntad. El respeto a nuestra identidad. La expresión de nuestra libertad. El goce de nuestro deseo. La satisfacción de nuestro placer. La autonomía de nuestras decisiones. El orgullo de nuestros logros. La vocación de nuestra alma. Nuestro derecho a ser y amar.

¿Por qué es tan difícil, en el seno de nuestros códigos sociales, ser reconocidas: en plenitud? En cierta medida, necesitamos pensar nuestras normas de comportamiento de un modo de vista distinto. Bajo la mirada compartida. Hasta ahora, el entramado de sentidos, que componen nuestras culturas, han sido escritos y trazados bajo una sola mirada: el ojo masculino. Necesitamos abrir la vista hacia una perspectiva más generosa. Sin temor a descubrir que podemos inventar nuevas formas de vivir y de organizarnos en sociedad. Ser una comunidad renacida capaz de darse a sí misma un mejor orden.


Y tú... ¿qué sientes cuando descubres fuerza y felicidad en una mujer?

Tortugas hermanas...
reciban un inmenso abrazo
lleno de magia de tortuga.