miércoles, 9 de agosto de 2017

doler...

...en etapas.


La muerte casi siempre nos toma por sorpresa. Se acompaña de cierta violencia y diluye, con la certeza de su presencia, la continuidad de nuestros días. Al mismo tiempo, es un don que tiene el poder de devolvernos a la vida. De despertarnos y remover los cimientos de nuestra existencia. Recordando el valor de nuestra vida. 

Nos envuelve en la tragedia de no poder atrapar los momentos perdidos y no poder recuperar, en nuestras manos, la presencia de nuestros seres perdidos. Al mismo tiempo, conservamos en cada una de nuestras células todos y cada uno de los momentos que compartimos. Esta es la magia de compartir: una parte de nuestro tiempo común siempre se conserva. 

La gatita mágica Nut era un ser de otro reino. Me he demorado meses en volver a escribir. Su partida se llevó con ella un pedazo importante de mi corazón y una etapa feliz de mi vida. Casi doce años vivimos juntas. Me cuidaba mientras dormía y me arrullaba con su fuerte ronronear infinito en mi oído. Me despertaba por las noches rascándome la cabeza como si quisiera liberar mi cerebro de cualquier tensión que lo aprisionara. 

Cuando me quedaba hasta tarde trabajando, era ella quien me avisaba que ya era tiempo de descansar. Jugaba con las ligas para el cabello con el entusiasmo de una niña pequeña. Caminaba encima de las personas como si las integrara al reino de sus posesiones. Delimitaba su territorio entre todos los habitantes de nuestro hogar, recordándonos que ella era el alma que lo habitaba. La casa quedó vacía y por varios días, Mila, Isis, Aghape y yo, vivimos en extravío ante el vacío de su ausencia. 

Su muerte fue trágica, prácticamente la tuve a que entregar a su destino fatal, tras dejar en mí la huella de sus afiladas uñas -que hasta ahora lastiman-, una vez que trataba de protegerla... pero su temor fue más fuerte que mi amor. La atacaron los hijos de Mila (Aika, Kio y Kara), quienes, al no ser separados a tiempo, desarrollaron invetablemente el irrefrenable instinto de jauría. Ya habíamos sufrido las consecuencias de su naturaleza cuando perdimos a su cuarto hermano Birko, también en sus fauces. Lamentablemente, no pude anticipar que Nut estaba en tales riesgos, lo cierto es que no convivían y ella siempre estuvo segura. Pero... algo la llamó desde la muerte y nos colocó a todos frente al desatino de la barbarie. 

Quiero pensar que pude hacer algo para evitarlo, sin embargo, hay sucesos de la vida, y en especial de la muerte, que están destinados a ocurrir. Tales designios no están en nuestras manos. Ella supo antes que yo que su tiempo había llegado y yo intuía su partida. Ahora Kara tiene un nuevo hogar feliz. Aika y Kio fueron perdonados, en nombre del inmenso amor que nos une, y aprenden a vivir renunciando a tales instintos. Así, conservan su hogar extramuros y son los protectores de nuestra casa. 

Cada vez que enterramos a un ser amado, volvemos a enterrar, simbólicamente, a nuestros seres perdidos. Esas muertes que han marcado nuestra vida para siempre y que nos recuerdan la orfandad que sembró en nosotros su partida. Presiento que ella ya lo sabía porque durante los últimos meses, antes de fallecer, me fue dando avisos y se fue despidiendo poco a poco. De todos modos, yo no estaba lista para dejarla partir. Y no dejamos de extrañarla, aunque vamos construyendo una nueva rutina y forjando nuevos vínculos de relación entre quienes habitamos este pedacito de bosque.

Era caprichosa, amorosa, berrinchuda, juguetona, glotona y apasionada. Fue paciente y acompañó largos días de soledad, esfuerzo, alegrías, angustias, descanso, ausencias y presencias. Si me escuchaba llorar corría a mi encuentro hasta que mi alma encontrara paz. El reiki, el yoga y la meditación también despertaban energías que la hacían acudir a mi encuentro y compartir mis pensamientos y sentimientos. Adoraba desordenar mi escritorio, recostarse en mis papeles, pisar el teclado de la computadora y distraerme de una u otra forma.

Si estaba feliz, se alegraba conmigo. Si estaba molesta, me miraba como diciéndome: no me gusta que estés de mal humor; y siempre encontraba la forma de contentarme. Cuando ella estaba de mal humor... no era tan fácil contentarla, se refugiaba en ella con total indiferencia o lamía su lomo para expresar que no estaba conforme con lo que le estaba diciendo. Así como, se tomaba el espacio para posarse frente a mí y darme la espalda. Si estaba enferma usaba sus poderes sanadores para mermar mi dolor y cada vez cuestionaba más que siguiera fumando.

Durante su vida tuvo que aprender a acrecentar nuestro espacio para dejar entrar a los nuevos habitantes. Siempre tras una escena de reclamo e insatisfacción. Era posesiva y cariñosa. Era intuitiva y protectora. Perseguía lagartijas con gran ahínco. Disfrutaba dormir en la terraza bajo el sol. Aunque prefería el frío pues ella era una llama incesante de alta temperatura. Y ya en sus últimos días, en las mañanas se acomodaba en la cama esperando que me fuera y sin hacer aspaviento alguno. Lo que sí, es que distinguía muy bien cuando íba a quedarme en casa de cuando me preparaba para salir y, mientras me bañaba, golpeaba la puerta para que supiera que ella estaba allí. Así como, si su arena estaba sucia, acudía a mí para hacerme notar tal descuido mío...

Cuando viajaba me recibía con desdén, haciéndome saber la falta que le había hecho. Pero cada noche, al volver a casa, me recibía con mimos y ternura festejando mi llegada. Disfrutaba cuando cambiábamos los muebles de lugar, las cajas de cartón y toda novedad que le brindara la ocasión para un nuevo rincón, un nuevo objeto de su apropiación y un nuevo espacio para jugar. Acabó con todos los muebles en los cuales afilaba sus uñas, brincaba y hacía el rito de saludo antes de llegar a mi encuentro, o el rito de reclamo cuando algo no la complacía. 

Se colgaba en los brazos de los sillones como si extrañara tener un árbol propio y trepaba a las alturas como si extrañara un tiempo en que podía volar. Chasqueaba con gran altivez ante una mosca. A insectos y pájaros no les daba descanso. Contemplaba el horizonte con nostalgia, desde la ventana. Se subía a lo más alto del clóset y luego maullaba hasta que la bajara, una vez abajo, volvía a subirse y quería mantener mi atención, entreteniéndome y jugando antes de que pudiera bajarla otra vez, obligándome a interrumpir todo para estar con ella. Ritual que siempre tenía que ser interrumpido con un "no seas necia Nut".

Administraba su comida, cosa rara para un gato, para garantizar siempre un excedente para ella, en desmero de su hermana y su sobrina, quienes ahora, por primera vez, empiezan a engordar. Amaba las sardinas, bastaba abrir la lata para que ella distinguiera el olor y se acercara a recibir su porción. Siempre saltaba sobre la mesa y tenía que ser el centro de toda nuestra atención. Recibía a las visitas también llena de amor, se acercaba y se ganaba un lugar en sus corazones. Y si estabas desprevenido, te asaltaba por sorpresa saltando sobre tu espalda y ¡cuidado con esas uñas!... "uñas no Nut, uñas no".

Desde que me la entregaron, lo primero que supe de ella era que tenía unas uñas especialmente filosas, con apenas dos o tres meses de vida, se aferraba a mi cuello, durante el camino a casa, con sus garritas. Mi intención, dada mi alergia a los gatos, era que tuviera su propio espacio, que no estuviera en mi cuarto, mucho menos en mi cama y enseñarle a vivir con la distancia apropiada. 

Derribó desde el primer día todas mis barreras. Se subió a la cama por debajo de las cobijas como si supiera que ése íba a ser su lugar, fascinándome por completo. Y cuando la saqué, junto con Isis, y cerré la puerta, me enternecieron ambas con sus patitas debajo de la puerta. Entonces decidí salir del cuarto y Nut, negra y de ojos intensos color amarillo, tomó a su hermanita Isis, siamesa en tonos grises y blancos, con una patita blanca y de ojos azules, y la lamió con enojo, mirándome fijamente. Fue cuando supe que jamás podría resistirme a su mirada, pasaron la noche en mi almohada... la primera de muchas más noches... felices. Lo cierto es que nunca pude privarla de ningún espacio que hubiese elegido como suyo.

Fue así que este par de mininas, desde el año 2005, fueron transformando mi vida entera. De pronto tenía que alimentarlas, acompañarlas y había perdido la entera libertad de salir de casa, cerrar la puerta tras de mí y no preocuparme por cuándo íba a regresar. De pronto, alguien me esperaba en casa y su vida dependía de mi amor. Ellas dependían sólo de mí. Y ya éramos un hogar.

Como madre primeriza, les tomé más de 100 fotos. Ahora se voltearon, ahora se acurrucaron, ahora jugaron, etc... Eran tiernas y bellas. Cambiaron mi vida por completo. Juntas sobrevivimos al accidente de Isis que le costó sus ojos, la vista, su mandíbula, el paladar y el tabique. Fue una violencia atroz la que le enseñó a vivir sin la audacia de su mirar... la misma que despertó el milagro de su corazón para guiarla a través de todos los pasos que ha vuelto a dar, hasta el día de hoy. Pasos que perdieron un gran referente, ahora que Nut se marchó. Y nada de esto le impidió ser mamá de dos hermosos tesoros: Eros y Aghape. 

Eros nos abandonó hace años, probablemente también sufrió una muerte accidentada, pues es la única razón por la que pudo no haber vuelto. Aghape, en cambio, es ahora la heredera de Nut, un alma marcada por el abandono y la pérdida, pues echó mucho de menos a su hermano y no ha logrado comprender que su madre no le presta más atención porque no puede verla. Eros sí lo había entendido desde sus primeros días de vida, entonces, mordía a su hermana para que la madre supiera dónde estaban y que era hora de alimentarlos. Por lo cual Aghape desarrolló su capacidad del "habla" y todo lo pide a "gritos" y gemidos. Eros también era un gato parlanchín. 

Eros jugaba con Isis y le limpiaba sus ojitos, de inmediato se conectó con ella, tras su partida, Isis no volvió a tener compañía hasta que llegó Mila, mi princesa dálmata hermosa, y la obligó a aprender a jugar con ella. Porque Nut después de superar la llegada de sus sobrinos, quedó muy dolida con Isis, una vez que ella se salió a la calle y la creímos perdida, al volver... Nut nunca más volvió a reconocerla, como si le hubiese indignado que, tras todo lo que pasamos para curarla por haberse escapado una vez, se hubiera puesto en riesgo otra vez, así que desde entonces... sólo le gruñía y la esquivaba. 

Ahora Isis y Aghape aprenden a acercarse de un modo que no lo habían hecho antes, porque Aghape, poco asidua a los humanos, tenía en Nut a su gran compañía... Además ha pasado la mayor parte de su vida haciendo largas exploraciones en el bosque, en sus primeros 10 años de vida fue una gatita de puertas afuera y creció en total contacto con la naturaleza. Ahora ya la edad la ha hecho más sedentaria y pasa sus días entre la terraza y sus rincones favoritos de la casa. Sin otro remedio, Aghape, en estos meses, ha tenido que aprender a acercarse más a mí y conformarse con mis caricias humanas, así como, cada vez se acurruca más con Isis. Tras largos días y noches de llamar y llamar, sin descanso ni respuesta, a Nut.

Te extrañamos Nutsi... el nombre con que se autobautizó... Vives por siempre en mi corazón y estoy agradecida por las bendiciones que acompañaron tu llegada a mi vida. Fuiste un tesoro que me fue entregado para sanar mi alma y acompañar mis retos más grandes. Siempre serás mi gatita mágica. Mi pedacito de cielo. Ha sido difícil acostumbrarnos a vivir sin tu presencia poderosa en todos los rincones de nuestro hogar, los cuales llenabas con tu intensa y arrebatada presencia. Como difícil fue sentarse a escribir estas letras y seguir adelante... Cuatro meses después de que un domingo de ramos te guardara en la gracia de tu reino. Mi hermosa diosa egipcia.


Gracias!!


Y tú... ¿has sido raptado por el ángel de algún minino?











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