miércoles, 25 de junio de 2008

aborto: una obligación

Queridas tortugas:

Mucho se ha discutido durante las últimas semanas sobre la despenalización de la interrupción del embarazo durante las primeras trece semanas de gestación. No puedo dedicar aquí un espacio a desarrollar las distintas posturas que se han discutido a través de los años (incluso décadas). En enero de este año hubo un foro en el Instituto de Investigaciones Jurídicas y, entre mis conclusiones, conservé una inquietud.

Existen controversias en torno al momento en el cual podemos decir que comienza la vida humana, si en el momento de la fecundación, si en el momento de la implantación, si en el momento en que el sistema nervioso se completa o en el momento en que el cerebro puede reportar actividades más complejas como son el sueño, el dolor y el placer. La importancia de esta disertación radica en forjar argumentos que legitimen la interrupción del embarazo sin violentar el concepto de dignidad humana que acompaña a la vida humana y, en particular, a la persona humana.

La discusión científica no concuerda en una misma respuesta y la voluntad religiosa no cuestiona la presencia de humanidad desde el momento que se integran los 23 pares de cromosomas que son el nuevo genoma del individuo por nacer.

Otro aspecto importante es el acto de decisión involucrado. La libertad de la mujer embarazada de interrumpir el proceso de gestación por los motivos que ella, y sólo ella, considere pertinentes. Y la pregunta sobre si el padre en cuestión tiene, o no, derechos sobre esta voluntaria y libre decisión, siendo que no es su cuerpo.

Maternidad y paternidad se ponen en tela de juicio. La vida ya no sólo se nos presenta como una necesidad de sobrevivencia y, en este orden, la procreación deja de ser un fin en sí mismo.

Estoy convencida de que abortar no es un delito, que ninguna mujer debe correr riesgos de salud por practicarse un aborto y que es una decisión de ámbito privado por lo que no es jurisdicción del estado su prohibición, menos aún su penalización. La obligación del estado es garantizar las mejores condiciones para que se ejerzan las garantías individuales con respecto a esta práctica humana, presente a través de los siglos y las distintas culturas que conforman nuestro imaginario histórico.

Ahora bien ¿bajo qué argumentos la ley que penaliza el aborto se ejerce? Para proteger los derechos del ser por nacer, por su voluntad de elección, por su derecho a la vida y a todas las garantías que como individuo tiene. Pero como dijimos, no existen criterios suficientemente consensados al respecto del estatuto del embrión, en tanto vida humana, en tanto persona, en tanto individuo de derechos y obligaciones. Por lo que cada mujer, de acuerdo con sus prioridades y principios de vida, decide lo que es mejor para ella y para esa vida en gestación. Que una mujer quiera abortar por los motivos que considere conveniente y la ley la proteja, no obliga a ninguna mujer a abortar si así no lo quiere.

Algunas religiones se cuestionan si le corresponde a los seres humanos decidir quién vive y quién muere o si es una voluntad mayor quien posee el poder sobre la vida o la muerte. Sin embargo, los países laicos no pueden tener consideraciones a este tipo de argumentos, que sólo conciernen a la conciencia individual de los miembros de la comunidad, y deben respeto a las creencias de todos por igual. El papel de un estado laico es garantizar que cada quien pueda vivir libre y pleno su credo particular, sin afectar a sus conciudadanos y respetando los otros credos.

Confieso que descubro en mí una postura aún más radical, en cuanto a la obligación ética que nos impone la vida y su plenitud. Contrariamente a lo que se argumenta, interrumpir un embarazo antes de atentar contra la vida, la defiende, la protege. Es decir, si una madre sabe que ella no podrá brindar las atenciones que la vida se merece, ni tiene las condiciones que un hijo le impone para crecer y desarrollarse, es un acto no sólo de valentía y honestidad, sino sobretodo de responsabilidad, optar por la interrupción del proceso de gestación en una etapa en que los riesgos para ella y la violencia para el organismo vivo en desarrollo son los menores posibles.

Sí es un acto de privación, de ahí que los procesos psicológicos que acompañan estas decisiones merecen atención, comprensión y cuidado. En realidad, es cierta voluntad de sacrificio y la conciencia de lo bueno, lo que motiva la difícil decisión de interrumpir un embarazo. Y así como las madres y los padres deben decidir a lo largo de la vida de sus hijos qué es lo mejor para ellos y cómo protegerlos, así, para resguardar a esta vida por nacer de una mala vida se la libera antes de que incluso pudiera percatarse o sufrir. Y si nadie tiene derecho de orientar la educación de nuestros hijos, porqué sí tienen derecho de obligarnos a darles vida aún cuando sabemos de antemano que no será ésta una vida digna, plena y feliz.

Ser padres es una gran responsabilidad y merece ser tomado con seriedad. Las tecnologías de la vida nos permiten, hoy, elegir y garantizar mejores condiciones para la maternidad y la paternidad. De ahí el dilema... pues sí tenemos opciones y eso nos impone decidir. Así, optar por llevar a término el embarazo no puede ser tampoco una casualidad, un resultado del ejercicio de la fuerza, una costumbre incuestionada. También para las madres que deciden dar vida la responsabilidad se acrecienta, junto con la exigencia de ser congruentes con ello.

El valor de la vida no es abstracto o sustancial, no es una petición de principio, ni una orden divina, tampoco es un simple impulso de sobrevivencia, la vida vale porque somos seres libres capaces de brindarnos dicha los unos a los otros. La vida vale porque podemos crecer llenos de experiencias y plenitud. Porque podemos acrecentar nuestras posibilidades conforme nos permitimos ser. Los requerimientos para una vida cada vez más plena son hoy más complejos que antes, de ahí que en la actualidad se requiere mayor conciencia para invitar a un nuevo ser humano a convivir en el mundo que hemos sido capaces de construir. Hoy sabemos el cúmulo de necesidades emocionales que garantizan el desarrollo maduro de las personas, también el costo del bienestar material mínimo para atender las necesidades de salud, educación, alimentación, vivienda, entorno familiar y una rutina vital que sea capaz de reproducirse y ofrecer certezas vitales a todos sus integrantes.

También hoy, tenemos más conciencia de nosotros mismos, de lo que somos capaces de hacer, de lo que queremos dar y en qué medida estamos dispuestos a asumir una u otra responsabilidad o compromiso. Esta era de libertades expandidas nos lleva a nuevos territorios discursivos y sólo cada quien, gracias a su autonomía, puede tomar las decisiones que impactan sobre su vida y sus actos. ¿Por qué? porque sólo cada quien podrá darse cuentas a sí mismo de sus errores y sus aciertos. Tenemos más opciones, somos más libres y, a la vez, debemos asumir más responsabilidad sobre nuestros actos y nuestra libertad expandida. De ahí que no se trata de que todos actúen de la misma manera y bajo los mismos criterios, sino de que cada quien valore, en su fuero interno, qué es lo mejor para su vida y si será capaz de hacerle frente a sus decisiones. Es un territorio aún desconocido, de ahí el temor que suscita la posibilidad de garantizar legalmente los nuevos ámbitos de nuestras libertades expandidas.

Por otro lado, es ingenuo pensar que el mundo es distinto y dejarse arrollar por el valor de una vida que sabemos crecerá sin dignidad, pero que sólo por estar en un periodo precario de su desarrollo se vuelve más sacra, aún, que la vida de los millones de seres humanos indigentes ante los cuales sólo volteamos el rostro en procura de olvidar nuestra cruda realidad. Es cierto, hay que atender las limitaciones de nuestro imaginario pero, mientras las cosas son como las conocemos hoy, es por respeto y amor a la vida que no es justo traer un hijo al mundo si sé de antemano que no me comprometeré con él.

También es importante comprender que, aún teniendo todas las condiciones materiales y contando con un mundo digno para esta nueva vida, una mujer puede querer no ser madre sin más y, ése, es su derecho.

Es en virtud de que somos seres éticos, capaces de tomar decisiones con conciencia y responsabilidad, que optar por la interrumpción, o no interrupción, de un embarazo es un derecho humano. Y una obligación ética.

Y sí, si todo fuera perfecto, si la prevensión reproductiva fuera ya una práctica infalible, si los procesos de adopción fueran efectivos y justos, si y si y si.... Cuando tuviéramos que tomar esta decisión habría más opciones y más consideraciones de las que hoy nos impone la sociedad. Pero... lo cierto es que falta mucho por hacer y sojuzgar a mujeres por decidir sobre su vida, así como exponerlas a prácticas clandestinas y más traumatizantes, tanto física como psíquicamente, es sólo un derroche de arbitrariedad y soberbia.


Y tú ¿respetas la diferencia?

Hasta mañana.




3 comentarios:

Morsa dijo...

Empiezo a leerte y me quedo sin palabras, y al mismo tiempo me viene una imperiosa necesidad de dejar salir las que habitan mi ser... Y sin embargo, no puedo, perdí la costumbre; y es que, paso a paso, el silencio autoimpuesto,la vida cotidiana con sus demandantes demandas, o quizá una añeja necesidad de fuga, parecen haber encerrado esas, mis palabras - con todo lo que guardan: ideas, "piensos", sensaciones, sensibilidades, emociones... - en un constante monólogo interior que a veces también se calla...
Pero... leerte me devuelve un poco - por lo pronto un poco - esas ganas de escribir, de plasmar, de decir, de sacar... gracias

... dijo...

Querida Morsa:

Gracias por tus letras y tu visita a este espacio de ser. No lo dudes... escribe!!! Siempre tenemos algo que decir, inspirados por nuestro infinito sentir. Y nadie puede decir tu único latir. Ojalá pronto compartas más de tu "pienso".

Anónimo dijo...

Muy buen articulo, estoy casi 100% de acuerdo contigo :)