... y brillo.
El ser humano nace con la capacidad del asombro y de la inteligencia. Es capaz de brillar con su propia luz. Lo cual quiere decir despertar dentro de sí autoconocimiento y capacidad de discernimiento. Todas estas virtudes componen nuestra vida en cada uno de nuestros pasos. La lucidez, en particular, es la claridad que se cultiva del aprendizaje y de la enseñanza que nace por el gusto de vivir. Los momentos de claridad que nos regala nuestra mente son los momentos de realización y de buenos decires y haceres. Porque la confusión también nos caracteriza. El no entender una situación o el sentirnos abrumados ante un evento. Momentos en cambio en donde nos cuesta encontrar nuestra propia voz y tener claridad sobre los acontecimientos. Son los momentos que tememos afrontar. Vivir lúcidos es lo que nos brinda certezas y calma para existir. Son tareas de la vida que nos exigen crecer y no perder la confianza en nosotros mismos.
Cada ser humano es llamado a tener una opinión. A conocer y hablar desde su fuero interno con libertad. A brillar. Muchas veces se nos olvida la riqueza que nos conforma. La dicha por el compartir y dialogar. Desde la claridad de cada quien. Cada ser humano es distinto y por eso nos respetamos. El asombro nos permite encontrar respuestas en otros brillos y dar luz a interrogantes que no nos pertenecen. Es tan maravillosa la vida del discernimiento que debiese bastarnos para vivir en paz. Porque, insisto, es una tarea cotidiana. Es parte de nuestros trabajos de vida. Esfuerzos gozosos.
Y tú... ¿compartes tu luz?
Hasta mañana...
les deseo
un mágico
fin de semana.
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